La semana de su cumpleaños Gonzalo, subido a un taburete, tachó del calendario que sus padres habían colgado en la cocina, los días que faltaban hasta que llegara el domingo en el que cumpliría diez años. Estaba convencido de que cuando por fin los cumpliera sus padres le tratarían como a una persona mayor y ya no le mandarían tan pronto a la cama. El domingo de su cumpleaños invitó a pasar todo el día en su casa a su compañero de clase José Luís, que le regaló un tren eléctrico con el que estuvieron jugando toda la mañana. Poco después de comer llamó a la puerta la vecina. Su madre le preparó un café y le partió un trozo de tarta de chocolate. Después la vecina llamó a Gonzalo, le revolvió el pelo y le dio un paquete. Dentro había unos pantalones cortos de color azul marino que según su madre eran muy monos.
Pero Gonzalo, a quien realmente esperaba era a su tía Rocirro. Era la hermana pequeña de su madre. Según su padre, era una bruja. Bueno, eso decía cuando se enfadaba. Siempre llevaba el pelo teñido de colores vivos y unas faldas de flores tan largas que las arrastraba por el suelo. El año pasado le había regalado la planta de los catarros. La llamaba así porque si la cuidaba bien y la regaba todos los días la planta le protegería de todos los constipados y la verdad es que, aunque nevó varias veces durante el invierno pasado, Gonzalo no cogió ni un simple resfriado. La planta había crecido bastante desde que se la regaló su tía y le habían salido unas flores blancas que parecían campanillas. La tía Rocirro llevaba ese año el pelo teñido de rojo. Gonzalo al verla le preguntó que era lo que le había traído de regalo ese año.
− ¿Esa es forma de tratar a tu tía? −le regañó su madre−. Dale por lo menos un beso.
Gonzalo se acercó a su tía con la cabeza baja. Estaba tan avergonzado que no se atrevía a mirarle a los ojos. La tía Rocirro le agarró de la barbilla y le levantó la cabeza para que viera que estaba sonriendo.
− Te he traído un traje de mago.
Nada más dárselo, Gonzalo corrió a su dormitorio a cambiarse. La vecina que le había regalado el pantalón corto de color azul marino se rió al verlo salir. Se había vestido con una túnica de color azul con estrellas amarillas, un gorro puntiagudo y una varita mágica.
La tía Rocirro le enseñó a utilizar la varita y juntos hicieron aparecer una nariz de payaso para la vecina, tres conejos que corrieron asustados por la casa y platos llenos de arroz con leche para todos. Gonzalo le dejó la varita a su amigo José Luís, pero no consiguió que apareciera más que un par de cartas de la baraja muy arrugadas.
Su tía le dijo que, como todos los magos famosos, necesitaba un nombre y, golpeándolo con suavidad en la cabeza, le puso el nombre de El Mago Go. Cuando terminó la fiesta de cumpleaños y se fue a la cama, estaba convencido de que se convertiría en un gran mago. Al día siguiente continuó haciendo magia vestido con la túnica azul y el sombrero puntiagudo. Apuntó a las sillas del salón con la varita y las convirtió en gatos pequeños de tres colores, cambió todos los cuadros de las paredes por retratos de los personajes de su serie favorita de dibujos animados y a la vecina le hizo creer un rabito de cerdo en el trasero. Al principio sus padres le reñían, pero Gonzalo no les hacía ningún caso. Después sus padres empezaron a discutir entre sí. Se gritaban entre ellos palabras que a él le habían prohibido decir. Cuanto más discutían sus padres, más cosas transformaba Gonzalo: la imagen del espejo la cambió por la imagen de una señora gorda con rulos y a la televisión le crecieron cuatro patas para que le siguiera cuando quisiera hasta su dormitorio. Una noche oyó decir a su padre que ya no aguantaba más y se marchó de casa, cerrando de un portazo. Gonzalo pensó que su padre se había hartado de que, desde su cumpleaños, no había dejado de hacer magia. La culpa era de la tía Rocirro. Se quitó el traje de mago, el sombrero puntiagudo, tiró la varita contra la pared y deseó que se pudriera la planta que le había regalado su tía el año anterior. Entonces estornudó por primera vez en más de un año.
Al día siguiente su padre volvió a casa y entró en el cuarto de Gonzalo.
− He venido a despedirme − oyó decir a su padre.
Gonzalo estaba metido en la cama, con la cabeza debajo de las sábanas y tiritando de frío. No tenía ni fuerzas para decir nada.
− ¿Qué le pasa a la planta que te regaló tu tía? −preguntó su padre.
Gonzalo asomó la cabeza. La planta que hasta el día anterior tenía flores de color blanco que parecían campanillas, de pronto se había quedado mustia del todo.
Su padre entró en la habitación y cogió el tiesto con las manos.
− Voy a echarle un poco de agua por encima en la ducha.
Gonzalo podía oír desde su habitación como caía el agua de la ducha. Conforme su padre regaba la planta, Gonzalo iba sintiéndose mucho mejor. Cuando ya se notó con las suficientes fuerzas, salió de la cama en busca de la varita mágica que había lanzado contra la pared y, una vez que la tuvo en su mano dijo muy serio:− Papá, no te marches de casa.
Después guardó la varita mágica en el cajón de su escritorio y prometió en voz baja, que no volvería a usar la magia hasta que no la necesitara para un asunto verdaderamente serio.


