—Esto es una vergüenza —dijo la esposa con el rostro decaído —. ¡Tu escritorio es una pocilga con patas!
—Tú, que lo ves con malos ojos.
— ¿Con qué ojos, dices? Lo qué me faltaba por oír. ¡Esto no hay quién lo aguante!
—Pero no te pongas así mujer, si son solo… unos cuantos papeles de nada.
—Unos papeles sí. También los restos de la cena de ayer, el envoltorio de un chicle y hasta el chicle. Es que me lo pones en la punta de la lengua, ¡eres un cerdo! Eso, un cochino, con perdón de estos seres despreciables culpables en parte de la gripe porcina, que pensando, tal vez se halla originado en tu escritorio, un caldo de cultivo, eso sí que es.
—Tampoco exageres. Si esto lo soluciono yo en un pispás.
—Sí. Pero los niños y yo, nos hemos gozado este espectáculo durante días. Ya te valdría tener un poco de consideración, y mover de vez en cuando ese culo seboso de delante de la pantalla del ordenador.
—No faltemos, no faltemos. Que si yo hablara…
—Dejémonos de chácharas y recojamos rápido, que en unos instantes estarán aquí.
Una media hora más tarde, el inconfundible sonido del timbre hace su aparición: ding dong, ding dong.
Tras abrir la puerta, se inicia el repertorio de rigor de efusivos besos y abrazos. Después pasan al cálido interior, y se detienen a la entrada del estudio.
-Nosotros nos quedaremos aquí, en el estudio, mientras que ustedes se ocupan de la cena. Tengo unas cosas que enseñarle —.Dice guiñando el ojo, mientras ella no lo observa.
— ¡Mira! ¡Eso sí que es un escritorio ordenado! —Comenta mientras con su mirada escrutadora estudia cada palmo de la habitación —.Y no el tuyo. Mejor cogieras recorte. Que en tu estudio no hay quien entre, dicho esto se dirige ágilmente a la cocina.
- ¿Tu qué opinas? —le dice con cara de pícaro —. ¿A qué son todas iguales? —luego ambos ríen.


